Levántate y sal afuera. No dejes entrar al viejo.
La frase no nació como un lema motivacional ni en una sala de formación. Surgió en una conversación informal. En 2018, durante un torneo de golf, el músico Toby Keith le preguntó a Clint Eastwood —con 88 años y a punto de rodar The Mule— cómo seguía adelante. La respuesta fue sencilla y directa: “No dejo entrar al viejo.”
Esa frase acabó convirtiéndose en una canción. Pero lo interesante no es la anécdota, sino lo que señala.
El “viejo” no tiene que ver con la edad. Tiene que ver con la renuncia silenciosa. Con ese momento en el que dejamos de preguntarnos, de cuidar, de intentar sostener lo que importa, y empezamos a conformarnos.
El “viejo” entra cuando:
- Cambias posibilidad por “realismo”.
- Sustituyes cuidado por “aguante”.
- Olvidas dialogar y pasas a “evitar”.
- Apartas el propósito y te limitas a “cumplir”.
Y esto ocurre tanto en lo personal como en lo organizativo.
En los equipos, el “viejo” suele tener forma de frases conocidas: "siempre se ha hecho así", "no merece la pena intentarlo", "no hay tiempo para esto ahora".
Frases que no son neutras. Apagan energía, reducen margen de acción y acaban moldeando la cultura.
Por eso, quizá la pregunta no sea cómo motivarnos más, sino qué estamos permitiendo que entre sin darnos cuenta.
¿Cuál es hoy ese “viejo” en tu trabajo?
¿Qué conversación estás evitando?
¿Qué decisión sabes que habría que tomar y sigues postergando?
Después de plantearte estas preguntas, haz una cosa pequeña, pero irreversible: una conversación honesta; un límite que te cuida, un paso para iniciar un nuevo aprendizaje, una decisión que te ayuda a retomar el foco.
Porque “mantener fuera al viejo” no es ir más rápido. Es no traicionarte. Es no abandonar lo importante cuando más cuesta.
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